Lo que no sucede en un día común.

Danzaba durante el crepúsculo junto con las última brisa fría matutina que golpeaba mi rostro en el jardín, pensaba como sin ser super héroe y sin tener capa; él llegaba volando y aterriza descaradamente en mis sueños. Realmente tiene todo el permiso de este mundo y me encantaba soñar con él, al menos allí estaba segura de verlo. Y hace tanto que no lo veía, Dios dejó esa ventana abierta para que llegaran los rayos del sol justo en sus ojos, recuerdo verlos exactamente iguales como el último día antes de venir a vivir en la realidad, en mi siniestra realidad. Estaban allí mirándome con tanta precisión que apenas pude seguirlos, sus misteriosos terrenos de arena húmeda cual lluvia cayendo en pleno desierto.

Un bajón de inspiración delataba un millón de cosas que creía propias. Pensaba que las tenía ocultas en un cajón, baúl o en algo seguro. Pero no; correspondo al porcentaje de personas que desconsideran seguridad en sus pensamientos. Recordé la cita de traumatología pautada para las diez de la mañana, una vez más perdí el control del tiempo meditando en lo que posiblemente tendré, pero que aún no lo poseía. Tomé un autobús al cruzar la avenida, otra vez en una sala de hospital, solo que ya no era una niña y mi madre no me acompañaba. Separadas por unos cuantos kilómetros al sur de la ciudad, aunque de cuando muy de vez en cuando venía para visitarme. Seguía temiéndole al fuerte olor del alcohol, a las inyecciones, y al temible frío que hacía chocar mi dentadura. No había llegado tan temprano por lo que tuve que esperar por un buen rato; mejor dicho por medio día.

Era desesperante; los niños en el pasillo vomitando uno detrás del otro mientras que las enfermeras ayudaban a limpiarlos, me preguntaba a las once de la mañana porque no habían sido atendidos ninguno de ellos, pero claro; si en ese hospital tenían más altares que médicos eficientes. Es difícil que funcione de esa manera. Lo miraba todo desde un rincón acorralada, veía tantas cosas. Al pasar un cuarto de hora la tensión iba subiendo y comenzaban a llegar las emergencias: la mujer embarazada que sufría una fractura en el dedo meñique, la niña de trece años que venía desmayada en brazos de su padre, el anciano que acababa de perder un ojo. Historias tristes y yo con el dolor que producía el frío en mis huesos. Meditaba en lo egoísta que era, pero todos estábamos allí por una necesidad, una más grave que otra; el interés de ser examinados por un bendito médico. La espera siempre duele y más si es en una sala de hospital. Ya empezaba a fatigarme aunque reconozco que tengo un don excepcional: la paciencia. No la compré en cualquier mercado, pero si me urgiera venderla ni lo pensaría. No renegaría de un poder enviado por Dios debido que este tipo de habilidades solo provienen de su gracia. Aun no sé porque no huí antes que mencionara mi nombre la alentada enfermera medio dormida, que llamaba por apellidos masticando chicle. ¡Dios mío! Cinco minutos más y marca el reloj las doce, y yo todavía de pie en el rincón.

Es que los rayos del sol caían ligeramente al ventanal y de algún modo u otro sentía calor natural, hasta que decidí por completo tostarme un buen rato afuera donde la gente normal no se colocaría por el tema de la alta temperatura. Supongo que yo nunca encajé en ese ámbito, me destaqué por no ser igual a todos eso abarca a la “normalidad”, puesto que siempre he contemplado mi rareza desde un punto de vista elocuente y auténtico. Era una extraña sensación de ser normal en toda esa anomalía. Finalmente llegó mi turno, fui atendida por el especialista ese jueves quien denominó mi estado en perfectas condiciones. Tal parece que el molesto dolor en la rodilla derecha era por unos cuantos kilos a los lados y debido por las intervenciones quirúrgicas anteriores debía adelgazar quizás un poco.

Estaba consciente del abuso de carbohidratos que últimamente consumía, pero la situación del país para la época solo empujaba a comer lo que se encontrara en las horas del día. Normalmente esperábamos en casa la llegada del tío Vatouc con provisiones al caer la noche, era el desorden alimenticio lo que ensanchaba aún más mi cadera.

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